Es innegable que hoy, para ser “políticamente correcto” se tiene que estar de acuerdo con los llamados derechos humanos (DDHH). Pero, todo en la vida tiene un contexto y, casi siempre, una historia. Es indiscutible que después de la segunda guerra mundial y sus horrores era necesario poner coto a la arbitrariedad perpetrada por los países vencidos en ella.
Pero la implementación de los DDHH en la mitad del planeta (por decir lo menos) fue letra muerta, empezando por la ex U.R.S.S. y sus satélites donde no existió derecho humano, tal como lo concibe la Carta firmada en 1948. Quien haya leído aunque sea someramente ese documento, podrá constatar que ello es cierto.
Es increíble hoy por hoy, que mucha gente del bloque no soviético, fundamentalmente de partidos con iniciales PC o PS (cualquiera hubiera sido –o sea actualmente- la terminación del acrónimo) haya apoyado a los regímenes del bloque soviético, los que no cumplían derechos básicos de la Carta. Es una paradoja. Pero toda paradoja no es otra cosa que una realidad mal entendida. Y es que suponemos que somos racionales, y no lo somos. Al menos no enteramente: anteponemos nuestros paradigmas, preconceptos e ideología a la realidad. Por ello es que hay una realidad “filtrada” dentro de nuestras mentes. Siempre. El problema está en que muchas veces, nuestro paradigma es que los demás tienen que pensar como nosotros… por la razón o por la fuerza. Siendo lo último muy grave.
Ser conciente de ello nos evitaría muchos problemas a la hora de interpretar la realidad, adaptando el discurso a ella (tal como lo hace la ciencia), en vez de adaptar la realidad al discurso (tal como lo hace la superchería) y, en no pocos casos, la ceguera puede llegar a ser tan desproporcionada que llega a tener un desapego total con la sociedad, hablando in abstracto de ella y evitando una verdadera interpretación de lo que ésta nos dice.
Todo peruano medianamente informado –no nos quedaba otro remedio después de 12 años de terror- sabía que las cárceles donde se alojaban los presos de Sendero Luminoso eran “territorios liberados” donde los senderistas se organizaban y, en un círculo vicioso, se autoalimentaban en su propia doctrina de odio y muerte. La teoría de que la cárcel es un vehículo para readaptarse a la sociedad no era cierta en este caso -tampoco lo es actualmente: los muertos recientes en Castro Castro y en Tacna lo demuestran-. Y el país vio en mayo de 1992, en vivo por TV, que dentro de las cárceles hubo resistencia a un traslado de presos, y que esa resistencia no fue a lo Gandhi. Fue violenta con armas de fabricación casera y de fuego, contrabandeadas vaya uno a saber porqué medios.
¿Qué tan cierto es ello? Pues simple: Durante los hechos del 6 al 9 de mayo de 1992 resultó muerto un policía a raíz de haber recibido el impacto de proyectiles de arma de fuego en la cabeza y el tórax, sin mencionar que también resultaron heridos 9 efectivos policiales. Ello es un hecho objetivo dado que esos policías tenían un nombre y familia. El dilema fundamental es responder a la pregunta ¿Esos policías causaron los muertos o fueron los senderistas amotinados? Si hay un asalto o un secuestro y dos policías más dos delincuentes son muertos ¿Cuántos muertos causó la Policía? Pues ninguno.
Simple. ¿Tan simple? No. Por la razón de que no estamos viendo la realidad con los mismos ojos y/o paradigmas, unos dirán (por las razones que sean) “pobres senderistas” y otros “pobres policías”. ¿Equivocados? Tampoco. El juez Cançado Trindade de la CIDH en sus “reflexiones personales” de su Voto Razonado (página 168 de la sentencia de la CIDH “Caso del penal Miguel Castro Castro vs. Perú, 25 de noviembre de 2006), afirma “Tiempo y Derecho unidos ponen fin a la impunidad, tornando la vida un privilegio nutrido por la paz de espíritu y la tranquilidad”. ¿Qué significa esto? ¿Tiempos procesales? ¿O que –según él- el Tiempo del Cosmos no es lo mismo que para loshumanos? Parece que hubiera leído al Premio Nobel de Economía 2002 Kahneman. Pero al revés.
Para esta Corte, no existió motín (hecho objetivo, primigenio, e insoslayable), pero nótese arriba que es versus Perú. Todo un detalle y toda una falta de urbanidad. ¿Por qué? Pues porque ello implica que todos los peruanos somos los responsables. Y no sólo nos obligan a pagar reparaciones, a la difusión de la sentencia sino, además, (son 24 ítems) a incluir los nombres de los senderistas fallecidos en el penal Castro Castro en el monumento “El Ojo que Llora”.
Al haberse allanado el Estado peruano, es decir reconocer culpa, y al no existir en el expediente la muerte de un policía y los heridos, esto hace que algunas personas digan “si no existe en el expediente, no existen esos hechos”. Eso es como decir, “si no está escrito que la Tierra se mueve alrededor del Sol, pues entonces está fija”. Ignorancia en un estado prístino. Además, es ignorar la realidad, y una Sentencia que ignora la realidad no conlleva justicia. Así de simple.
También hay otros que argumentan “el Estado tiene la obligación de custodiar a sus detenidos”. Eso es otra abstracción de la realidad por cuanto, siendo cierto, ignora contextos. Y las realidades tienen contextos específicos. Ignorarlos conlleva a inevitables conclusiones erróneas: Adaptar la realidad al discurso. De nuevo la superchería.
Las dos afirmaciones mencionadas arriba, hacen que uno crea que hemos vuelto al la época medieval en cuanto a pensamiento y decisiones. Toda realidad es dinámica y con contextos específicos: Herir a una persona por placer es diferente a hacerlo en defensa propia. El hecho objetivo es uno (la herida) pero es el contexto el que cuenta.
También se ha acusado mucho al juez Cançado Trindade. La sentencia de la CIDH está suscrita por cinco jueces y lo acordado es por unanimidad, es decir, que la esquizofrenia, en cuanto a pensamiento desorganizado (laxitud asociativa), es una realidad que, vía la CIDH, ha venido a querer imponerse entre nosotros.
Hay que entenderlos y, quizá, justificarlos. Pero lo que no se debe de hacer es obedecerlos. Seríamos culpables también de esquizofrenia, todo esto en aras de llamar a las cosas por su nombre. Una costumbre de la que nos estamos olvidando, lamentablemente.
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